Mensajes Líderes del Area
El sacerdocio es un asunto de familia
Elder Juan Etchegaray
de los Setenta

"El poder y la inspiración que acompañan al santo sacerdocio no sólo tienen su ámbito en los quórumes o las reuniones ejecutivas de la Iglesia, sino primordialmente en el hogar y la familia."
Hace poco tiempo, mientras se realizaban algunas remodelaciones en un edificio de la Iglesia, junto a la arquitecta vimos la necesidad de hacer cierta modificación y, luego de ponernos de acuerdo, ella dio algunas sencillas indicaciones a los artesanos. En pocos días, el trabajo estuvo terminado, de acuerdo a lo deseado.
Visto así, no cabrían muchos comentarios para la realización de una tarea común en la construcción, pero analizando más detenidamente lo ocurrido y tratando de sacar alguna enseñanza hallé lo siguiente: los artesanos pusieron de sí mismos tres cosas: su experiencia, sus herramientas y la voluntad de hacer bien el trabajo.
Aplicado esto al santo poder del sacerdocio, cuando un hombre magnifica su servicio a Dios, sucede lo mismo. Este varón usa las experiencias, las herramientas y su voluntad de obrar.
Por supuesto, esto no ocurre por la decisión unilateral de los Cielos; es necesario que el sacerdote ponga en acción “el poder que está en” él (DyC 58:28) y como consecuencia de ello se constituya en un “agente” del Señor. (DyC 58:28) Volvamos por un momento a las tres cosas que ponen en acción “los poderes de los cielos” (DyC 121:36). Las experiencias con el sacerdocio no vienen como un regalo. Son el fruto de estar “dispuesto a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre él, como un niño se somete a su padre”. (Mosíah 3:19) Esto debe ocurrir en el momento en que Él lo indique, en las condiciones que sea necesario hacerlo y con el compromiso que se necesite.
No siempre tenemos experiencias edificantes o casi sagradas cuando oficiamos en el nombre de Dios. Muchas veces nuestras primeras experiencias son pobres y no nos dejan conformes. Es en estos casos muy gratificante, recordar las palabras del Señor cuando hablan de “los que --al menos-- procuran hacerlo” (DyC 46:9).

¿Cuáles son las herramientas que hemos recibido para ejercer el santo sacerdocio? Como los artesanos, todos tenemos una valija de herramientas espirituales que solemos llevar siempre con nosotros. No sólo se trata de llevar aceite consagrado. El estudio de las escrituras, la oración personal sincera, los consejos de los Profetas, la asistencia regular al templo, la participación activa en el quórum o el grupo, la orientación familiar, el pago de los diezmos y las ofrendas y otras prácticas espirituales constituyen nuestras herramientas en el sacerdocio. Ellas deben estar siempre con nosotros y en buenas condiciones de uso. Si el artesano no afila su sierra, si no tiene limpios sus pinceles, la calidad de su trabajo será mediocre, no satisfará a su empleador y posiblemente nunca más sea contratado. Con el sacerdocio es igual: “porque yo el Señor, requiero el corazón de los hijos de los hombres” (DyC 64:22).
Se ubica al corazón como el centro de todos nuestros sentimientos. Es allí donde Dios siempre suele dirigirse a buscarnos y a conocer nuestra voluntad. Sus propias palabras así lo indican: “yo, el Señor, los buscaré; y si no se obstina su corazón ni se endurece su cerviz en contra de mí, serán convertidos y yo los sanaré” (DyC 112:13).
Esto nos da la idea que Dios puede llegar a sentir cómo está nuestro corazón en cuanto a hacer Su voluntad. ¿Duro o blando? ¿Indiferente o receptivo?

Él no violentará nuestras decisiones. Respetará la obstinación de nuestro corazón y la dureza de nuestra cerviz. No obstante, si halla un corazón humilde y con deseo de servirle, la promesa es hermosa: seremos convertidos y sanados.
Muchas veces en el ejercicio del sacerdocio nos hallamos enfrentados a situaciones que nunca vivimos o que no sabemos cómo resolver. Nos sentimos ineptos y solemos pensar que otra persona debería estar en nuestro lugar. Pero cuando ponemos en Sus manos nuestra voluntad de “ir y hacer lo que el Señor ha mandado…” comprobamos con verdadero gozo y no sin sorpresa, “que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que cumplan lo que les ha mandado” (1 Nefi 3:7).
Tengo un firme testimonio de esto. Muchas veces he ido “sin saber de antemano lo que tendría que hacer” (1 Nefi 4:6) y Su infinita bondad me ha permitido caminar detrás de Él y ayudar mínimamente tan sólo con mi fe y mi voluntad.
Volviendo al título de este mensaje quiero dirigirme ahora a las esposas, hijas y hermanas de los poseedores del sacerdocio. El sacerdocio es un asunto de la familia. El Señor le hizo saber esto a Emma Smith y por añadidura a todas las hermanas de la Iglesia. “Porque pondrá sus manos sobre ti, y recibirás el Espíritu Santo” (DyC 25:8);
“Y no tienes por qué temer, porque tu marido te sustentará en la iglesia; porque para ellos es su llamamiento,…” (DyC 25:9); “Deléitese tu alma en tu marido y en la gloria que recibirá.”(DyC 25:14); “Y el oficio de tu llamamiento consistirá en ser un consuelo para mi siervo…, tu marido, en sus tribulaciones, con palabras consoladoras, con el espíritu de mansedumbre.”(DyC25:5).” Y lo acompañarás cuando salga…” (DyC 25:6)
Desde mi corazón agradezco el interés que siempre me ha manifestado mi querida esposa, al interesarse –no en los detalles- pero si en los hechos que tienen que ver con el ejercicio de mis responsabilidades en el sacerdocio.
También una palabra para los hijos varones. Miren a sus padres ejerciendo el sacerdocio, observen sus hechos, acompáñenles cuando esto sea posible y se identificarán con Nefi cuando expresó, luego de oír las palabras de su padre hablando de lo que había visto en su visión, que sintió deseos “de ver, oír y sentir las mismas cosas por el poder del Espíritu Santo”. (1Nefi 10:17)
Como vemos, el poder y la inspiración que acompañan al santo sacerdocio no sólo tienen su ámbito en los quórumes o las reuniones ejecutivas de la Iglesia, sino primordialmente en el hogar y la familia. Es por su poder y su dignidad que –entre otras cosas- podemos entrar en el santo templo y ser unidos como familias eternas. A partir de ello todo lo que viene puede ser celestial.
Así como las hermanas y los hijos son invitados a honrar, a edificar y ministrar al padre o al hijo que posee el sacerdocio, estos deben ser un modelo de servicio y rectitud en el hogar.
Hace algunos años hallé en una capilla de La Rioja una hojita pegada dentro de un armario la cual tenía esta sabia reflexión: “El sacerdocio no es un traje que nos ponemos sólo el domingo”.
En el ejemplo que cité al comienzo de los artesanos que hicieron trabajo en el edificio de la Iglesia, se dieron circunstancias singulares: ellos interpretaron el trabajo que se les pidió, usaron sus mejores herramientas, lo hicieron a tiempo y pusieron de sí algo más que la obligación por la paga.
Testifico que el servicio en el sacerdocio se fundamenta en estos pilares: saber lo que Dios espera de nosotros, poner lo mejor que tenemos a Su servicio y de Sus hijos, y hacerlo cuándo y cómo Él lo desea. Yo sé que cuando esto ocurre, lo demás, lo pone el Señor.